A mi hermana, a mi espejo.

Buenos días a todos los presentes.

Quiero, antes de nada, agradeceros a todos vuestra presencia, en este singular día; no esperaba menos de ustedes. Día, en el que mi hermana, Sandra, y Paco, afirman su amor. Por este motivo es tan singular este día, y no por otra circunstancia o añadido. El amor, sólo el amor.

Yo, que ando por esta vida, muy errante buscándolo, imagino, lo que tiene que ser; pero una vez más te presentas ante mí como un modelo, como un espejo y me lo enseñas. Entre muchas cosas, Sandrita, eres para mí, un espejo. Un espejo que todo lo refleja y que todo me lo revela.

Un espejo bello, hoy, casi tanto como siempre, que no te engañen. Un espejo que desde tu niñez, me ha enseñado a colocar parejos los zapatos, a leer con soltura los pensamientos, a encandilar las almas con sutileza, a ser paciente con la paciencia, (perdona pero esto último me está costando trabajo aprenderlo, tú me entiendes, ¿no?).

Y es que tu espejo, tu perfecto reflejo, es tan perfecto porque es el resultado de la conjunción, genética y armónica entre dos jilgueros, mejor dicho, entre un poderoso palomo torcaz y una graciosa perdiz en su trigal.

Es un espejo muy especial, porque el que sepa mirar dentro de tu reflejo, ve en él, sabias manos, ramificaciones de los encinares de los montes de Constantina, que todo lo arreglan y que todo lo condimenta con especias en su justa medida, reinventando una ancestral alquimia, para dar alimento a nuestra vida.

Si se mira más allá de tu reflejo, encontramos el tono verde. Aceitunas bañadas de sol, sustentadas por la campiña. El verde de unos ojos, que en las bancadas arenas conileñas toman su máxima expresión. Unos ojos que no saben hacer otra cosa que amar sin condición. Un amor que viene de más allá, una generación más allá, que de un rosario de vicisitudes, ilustrada savia nos inyecta, ¿qué sería tu espejo sin el reflejo de nuestra amada abuela?

Y si seguimos mirando y mirando, y contemplando, somos capaces de ver nuestros cumpleaños, uno tras otro, y los veranos conileños, y los libros, y las aulas, y las ferias, y las Semanas Santas, y Pepitas, Conchitas, y Valles y las borriquillas de nuestra vecindad, y …¿los que no están? Ellos tampoco se lo pierden porque también se ven en tu espejo. Y si cerramos los ojos y abrimos el alma, que es como hay que verlo, vemos la amistad, la fiel amistad, que se ve como el deslumbrante tocado de la Parejo, en las incansables risas de la Melgarejo, en la iluminada mirada verde del Tardón, en las chispas de la Camero y… ahora…ahora… se refleja, el amor, amor unido a Paco. ¡Pero qué grande es tu espejo, Sandrita!

Y tanto, tanto, tanto, tanto amor cabe en este espejo que yo me he tenido que salir y seguir contemplándolo desde fuera, ya que mientras más lo miro, más veo, más me enseñas.

Por ese motivo, haga, yo, lo que haga, lo que tenga que hacer, emprenda el camino que emprenda, me llevaré en mi mochila tu espejo, para seguir aprendiendo cada día de tu inmenso reflejo.

Y… sin más, este acalorado pingüino, se calla, se guarda su precioso metal perfectamente bruñido, pues desea, como siempre intensamente, bailar una sevillana con su hermana, con su admirado espejo.

Gracias.

Miguel Mejías Segura

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