Despedida curso Evaluación de Impacto Ambiental. Junio 2004

CARTA DE AGRADECIMIENTO A MIS COMPAÑEROS DE LA CEA

¡Hola chicos! ¿Os acordáis? Todo empezó allá por un miércoles cualquiera, el 19 de un noviembre que podría haber sido el de cualquiera de los anteriores ya vividos. Los días precedentes a tal fecha me encontraba un tanto perdido, si me apuráis hasta aturdido, sin saber que me depararían los meses venideros que se me proyectaban delante de mis pensamientos más nocturnos y brunos. Pero dicho día llegó, ¡aaay Miguel, cuando aprenderás a saber que todo llega! Y sí allí me encontraba yo; lleno de ilusión, nervios y desconfianza y… ¡ay, pero si es el lugar equivocado!, ¡y ahora…! ¿Qué hago yo? Ya había pasado casi una hora y estaba más perdido y aturdido que en los día precedentes. En mi particular búsqueda de soluciones vi a un tipo que se me antojó bastante curioso y que me pareció que estaba sufriendo una situación parecida. Me acerqué a él, pues estaba hablando con una muchacha del departamento formación que le estaba dando unas consignas que serían fundamentales para el devenir del día. Ese muchacho era, como no podía ser de otro modo, Nícolas. Nos presentamos de la forma más calurosa que la fría situación imponía, y raudo y veloz anduvimos hasta el edificio que la muchacha nos indicó mientras hablábamos lo que nuestra entrecortada respiración nos dejaba… ¿Cómo es Nico…? ¿Qué nos han dicho…? ¿Edificio amarillo…? ¿Antiguo de CEADE…? ¡uuff, por fin lo hallamos!. Encontramos el aula 2-11, llamamos y allí dentro se encontraban catorce personas, trece alumnos y un profesor. Yo sólo sabía de la existencia de uno de ellos, un no sé quien Edu de Biología. Mientras Nico y yo explicábamos la situación vivida a aquel profesor licenciado en Ciencias del Mar, aproveché para echar un vistazo a lo que probablemente se convertiría en mi segundo hogar, ya que tendríamos que pasar diariamente ocho horas allí metidos durante algunos meses. Hubo algo que me llamó la atención, un gran ventanal por el que entraba una luz que me permitió ver las caras con gestos contenidos de los 13 alumnos. Nos sentamos y nos presentamos al resto de la clase, nombre, estudios, etc.… ¡ahh, se me olvidaba¡ también conocimos a nuestra coordinadora, una muchacha de cortos pero seguros pasos y gustosamente vestida, que se encargaría tanto de nuestro bienestar, como del cumplimiento por nuestra parte de una serie de normas y por supuesto de pasar el parte cada día, por la mañana y por la tarde.

 Los siguientes días fueron un poco más normales y monótonos. Yo iba a clases para escuchar lo que mis profesores contaban, iba a mi casa, comía, iba de nuevo a clases, etc, etc… lo que se convirtió en una rutina que me resultaba una muerte a pellizcos. Mientras yo echaba de menos mi anterior vida universitaria que compartí con unas personas maravillosas. A la semana siguiente los asientos que quedaban vacíos fueron ocupados por dos muchachas; una de ellas de fúlgida sonrisa vertiginosa y otra de la cual salían palabras, como pañuelos de colores mimosamente atados, salen de la chistera de un mago; y por un chaval que me sonaba de los pasillos lúgubres de mi vieja facultad y cuya mirada parecía perdida hacia Sierra Maestra. Más o menos fue a la tercera semana cuando empecé a saber los nombres de todos los alumnos: Vanesa, Espe, Inma, Lourdes, Nicolás, Marta Arias, Cristina, Blanca, Edu, Mª Rosa, Lucas, Rodrigo, Enrique, Alberto, Yolanda, Marta Beato, y Manu. Alumnos que poco a poco os habéis ido convirtiendo en compañeros y de compañeros a amigos y alguno de ellos a cómplices de mi vida. La clase poco a poco, como si de un buen vino se tratase, ha ido fermentándose, cogiendo cuerpo, para convertirse en un vino generoso pero equilibrado, limpio y ácido. Ahora, siento que vamos camino de una segunda fermentación y ya están empezando a brotar las primeras burbujitas, de un vino festivo y espumoso que esperemos, algún día podamos descorchar y que todos seamos participe de tal acontecimiento, ¿vedad Chokochicki?

 Pero… ¡oooohhh! ¡Ya, se huele…! ¡Ya, se vislumbra…! ¡Ya, se intuye! ¿No lo sentís? Ésto se está acabando y a mi me inundan un cúmulo de sensaciones, que a veces me resultan contradictorias, pero muy parecidas a las que sufriera justo por estas fechas hace ya un año, pero que por vergüenza o quizás por timidez a no ser comprendido no lo demostré. Por eso os escribo esta carta a cada uno de vosotros, y así aprovechar para daros las gracias a todos por todo lo que me habéis dado y aportado, gracias por ser como sois. Siento que ni en siete vidas que yo viviera sería capaz de devolveros todo lo que habéis hecho por mí. Gracias a vosotros este curso ha dejado de ser una muerte a pellizcos para convertirse en un cáliz lleno de vida, por lo que os merecéis el mayor de mis respetos.

 ¡Sí, señores! el tiempo es un valor imperturbable y por ello todo lo que empieza acaba. Ya mismo dejamos vacíos nuestros pupitres, desangelada nuestra aula, los pasillos se quedarán sin sentir nuestros alborozo, los servicios dejarán de escuchar el rumor de nuestro cuchichear y por fin dejaremos de ser la envidia de los demás cursos (si no escribo esto reviento je je je). Pero estoy seguro que la persona que por última vez, se encargue de recoger nuestro parte, apagar la luz, cerrar puertas y ventanas, se acordará nostálgica y alegremente de nosotros, como si algo de nosotros, quizás nuestras almas, se hubiesen quedado allí alborotando y jugando como si de una pandilla de colegiales traviesos se tratase ¿no lo crees así yolbrujita?

 Ahora empieza nuestra especial diáspora, por lo que nuestros caminos empiezan a divergir, unos tardaremos más en emprender nuestra marcha y otros menos como es el caso de mortamanu. Por consiguiente afrontamos nuevos retos: proyecto, prácticas, examen de práctico de coche (por cierto kuku muchas gracias por llevarme cada lunes y cada miércoles a recibir mis clases de coche), trabajo…, y nuevamente se nos presentan inquietudes, nuevamente nos hacemos la sempiterna pregunta de ¿y ahora qué? Pero sea lo que sea que hagáis os deseo la mayor de las suertes posibles, porque sois personas de una calidad humana inconmensurables y además, no existe función de transformación alguna que os haga conmensurables. No podría permitirme terminar esta carta, sin darte las gracias a ti también, Zacarías. Gracias por enseñarnos todo lo que hemos aprendido, por aguantarnos y por soportarnos. Quiero que sepas que has pasado de ser aquel profesor licenciado en Ciencias del Mar a ser nuestro maestro. También quiero que sepas que con tu talante y talento honras el encerado impartiendo tus doctas clases así como honras a la Sevilla mariana realizando tu vespertina estación de penitencia, acompañado a la más hermosa de las dolorosas mujeres sevillanas, ya por fin coronada.

 A todos vosotros os invito a Holanda o Algarve (esperemos que sea Holanda) para descorchar la botella de champagne, ¡morta, no me falles!

 PD: A todos vosotros un abrazo muy fuerte y muchas gracias por tanto.

Miguel Mejías Segura

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