Distancia

Ya no cabe duda.
Los adoquines ya no sienten
tus acompasados y atronadores
andares.

Ahora sienten esa soledad que
se extiende poco a poco
como la calmada presencia
del acuciante otoño.

Ya no cabe esa tal duda.
Tu erotismo intelectual
se ha ido alejando de este mundo.
Una carroza, precalabaza,
y tus zapatitos de cristal,
se llevó esas, irreductibles ganas
de arrabetar al mundo de
su falta de cultura,
y su extremada falta
de sensibilidad.
A otro mundo. Encerrado
en la aspiración de tu
femenino arte. Materno
de tu madre.

Ya no cabe duda.
Siete enormes largos kilómetros
separan esa nueva, tu puesta de sol,
del punto de donde yo puedo contemplar
su ocaso. Su adiós.

Ya no cabe duda.
Entre las prisas de tu risa
y tu llanto, se hayan
siete enormes kilómetros.
Esa nueva frontera oculta,
tu nueva piel, tu pedalear,
el ribete de tu canto.

En mis martes cojos,
esa distancia yo la cuento
muy poquito a poco.
Esas hormigas ya no me visitan.

Un libro sin su imagen especular,
reescrito para las almas,
detrás de un incólume cristal,
me lo dijo sin ningún tipo de calma.
“vuestras puestas de sol
se separan”

Si algún día de la próxima primavera,
Lo veo, sonrío, río o lloro,
Sabré que tú,
Viéndolo, sonriendo, riendo, o llorando,
estarás.

Por supuesto y como mínimo,
siete quilómetros más cerca
de él.
Siete kilómetros.
Siete largos fronterizos kilómetros,
más lejos.

Miguel Mejías Segura

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