Tic-Tac Tic-Tac

Tic-tac-tic-tac.

 
¡No!. Dijo Salomón convertido en Nerón.
Con la entonación, de no querer
pronunciarlo bajo la declamación.

 
Y el otoño se precipitó, con su física.
Se comió el sol. Aurigas llenas
de la brutal y taladradora indecisión,
golpearon en la ventana del después.

 
Los milisegundos,
instantes imperceptibles al propio
paso de su magnitud, se precitaron:
eran hojas flotantes caducas,
eran gotas de agua sin fundas.
Lanzadas todas de golpe,
con violencia y desorden.

 
Sin poder atrapar ninguna de ellas.
Yo , mirando al cielo con mis fauces abiertas,
despojado de mi gabardina color ácrata,
de puntillas sobre el guijarro del menosprecio,
agitando velozmente las banderas del nihilismo;
(mis estiradas manos);
como queriendo beber todo ese manantial,
veía cada gota convertirse en brillantes,
diamantes tallados, con sus miles de lados.
El color del tiempo es precioso;
perfectamente pulido,
transparente y copioso.

 

Imposible, todo era en vano.
Mi boca no bebía.
Se me derramaban, unidos ya,
los cristales de gotas
por entre las manos.

 

Todo ha pasado, como siempre,
todo se somete a la mudanza.
Ahora me planto frente a ti
(mañana) con la misma pose que
el caminante sobre el mar de nubes;
y con la esperanza del sí, dicho
con la gracia y la declamación poética,
como si deseados labios aceptaran
los míos, en una paralización interminable
del momento de un perturbador beso,
y pienso….

¿Mañana? Mañana será mi tiempo.

 

Miguel Mejías Segura

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