El que buena semilla siembra…

Buenos días niños!!! ¿Cómo estáis? ¿Por qué me miráis así? Sí tú, el de la camiseta de rayas rojas ¿Por qué me miras así? ¿Cómo? ¿Qué soy una semilla que habla? Bueno, siempre me gustó leer, y estudiar, siempre he querido ser libre y pensar por mí mismo. No como mis hermanos, siempre con sus mismas cosas. Que si la germinación, que si las estaciones de lluvia, que si las sequías. A mí me gusta explorar mi entorno, conocerlo. Y para eso he tenido que estudiar y seguir aprendiendo que es la mejor de las aventuras.

Bueno…, me presento. Es cierto soy una semilla que habla, mi padre es el famoso Medicago, Medicago ni mucho ni poco. Me llamo Otto…, Otto Diferente. Sí, es cierto es un nombre alemán, ya sabéis lo que me gusta a mí salir de mis fronteras. Otto significa riqueza y fortuna. Y es que es una verdadera riqueza y una verdadera fortuna poder vivir en este sitio tan increíble, con animales y plantas. ¿os gusta…?.

De repente, en el bajo matorral del barrio, se empezó a escuchar un gran ruido y ver un gran movimiento de hojas, hojarascas…Se acerca, se acerca, viene saltando. Qué brincos pega…es un….¡¡¡aayyy!!! Que me he quedado enganchado en él…me voy a atar el cinturón, que no veas los saltos que daaaaa, ¡boing, boing, boing!. Es un conejo, un conejo de campo. Menudas orejas que tiene. Seguro que lo escucha todo.

Buenos días señor conejo, me llamo Otto, Otto Diferente. ¿Y usted?.

Buenos días Otto. Sí he oído hablar de usted, la gran semilla que habla. Me han dicho que quiere ampliar sus fronteras, ¿verdad? Entonces se encuentra en el lomo del conejo adecuado. Me llamo Tobías, Tobías Saltomás. Agárrese bien que vamos a ver todas las posibilidades que tenemos por delanteeee. ¡boing, boing, boing!

De buenas a primeras, Don Conejo Tobías y Yo, nos adentramos en las demás barriadas del entorno. Era la primera hora de la mañana y por lo tanto la hora del desayuno había llegado. Tobías empezó a buscar alimentos. Todas las plantas eran distintas, muchos colores, y de muchos olores. Todavía recuerdo el olor del romero con sus florecillas de color azul-violeta, qué aromas. Era como destapar un gran bote de colonia. Tobías se comía selectivamente las hojas más tiernas y frescas. Acto seguido se fue a por el mirto de flores blancas y preciosas. Aunque él lo llamaba arrayán, estas cosas pasan por ver tanta televisión. Otro aroma superagradable, ¡pero mira que huele bien el mirto!. Empezó a saltar para poder comer las hojas más alcanzables y verdes.

 Al ver la cantidad de comida que Tobías estaba ingiriendo, Otto musitó; hijo, te va a dar una indigestión de comer tanto. A lo que el conejo respondió; no te preocupes Otto, las hojas del Romero y del arrayán calmarán mi estómago. ¿Sabes que tienen propiedades curativas? Soy un conejo de campo y yo de estas cosas sé algo. Ejem ejem.

Seguimos el viaje por el bosque, un viaje lleno de aventuras.

Frutos rojos. Nos hemos encontrado frutos rojos. En el suelo. Son superbonitos. Madroños, son madroños. Lo recuerdo bien del libro de plantas que me leí. Un árbol algo más grande que los otros que hemos visto anteriormente. ¡Uy! señor Tobías, no coma usted mucho que yo sé de buena tinta que se puede usted emborrachar. Con uno vale. A lo que el señor Tobías respondió con un tono de medio enfado, pensando que la semilla era demasiado redicha. Ejem, ejem, no se preocupe, Otto, si conduzco no bebo. Pero son preciosos, verdad, tienen un intenso color rojo debido a que ya están maduros. ¡¡¡Ummm qué ricos!!!

Se estaba acercando el medio día, y algo de calor ya hacía. ¡Vámonos!, nos acercaremos a los humedales, a beber. ¡qué sed tengo!. A su paso, frescos helechos, rodeados de increíbles bosques, apenas pasaban los rayos de sol. Parecía como si estuviéramos en una exposición de cuadros dispuestos en galerías.

Se notaba la humedad. En es momento me empezó a doler la espalda, noté un pequeño crujido, un dolor rápido y electrizante. Pero ignoré ese dolor. Estaba tan entusiasmado con lo que estaba viviendo. No acercamos al laguito. Plantas, altas, esbeltas, de tallos finos. Yo las estudié, se llaman carrizos y estaban a los pies del laguito. ¿Sabéis que hay humanos que con sus tallos hacen tejados, cestas, escobas, e incluso lo usan para hacer papeles con su celulosa? ¡Qué raros son estos seres humanos!, ya no saben que inventar. ¡Desde luego a dónde vamos a llegar!

Allí cerca del lago nos tumbamos en un colchón más cómodo que los Flex. Y de buenas a primera una pandilla de simpáticas mariquillas con sus trajes de lunares, salieron bailando una rumba mientras cantaban, ¡¡Soy una turbera, Soy una turbera, vamos a bailar!!!! Es espectáculo fue precioso. A final aplauso colectivo y las mariquillas se fueron volando.

No pasó ni un segundo. Limpiándome los ojos para ver mejor, me fijé en el lago. Se pasó el sueño y definitivamente el dolor de espalda. ¡Dios! pero que ven mis ojos. Estos si que eran Flamencos, y no las mariquillas. Impresionantemente rosados, las patas bien largas, eran enormes, el pico en forma de garfio hacia abajo. Y…Unas aves de pico blanquecino, eran muy abundantes. Focha común la llaman los caminantes. Y patos, ¡cua cua!, pero de pico azul, Malvasía se llaman entre sí mientras se bañan con algarabía. Y unos simpáticos pajaritos que no hacían más que jugar en el agua y venga a zambullirse, una y otra vez. ¡Serán zambullines los tios!. Y unas aves graciosillas de patas largas a la que yo llamé garcillas. ¡Qué espectáculo! Todo era tan diferente, me encanta mi apellido.

Después de refrescarnos y comer otro poquito más por los alrededores se echo la tarde. Note que Tobías se puso algo nervioso. ¿Qué te pasa, Tobías? Se está echando la tarde y estoy lejos de mi aldea. Y se acercan los peligros. Sabes que soy un conejo, y a mí por estos lugares todo el mundo me quiere unir a su plato de arroz.

Lo más silenciosamente posible, Tobías se adentró en el bosque para ir hacia su aldea. Yo no era consciente de que corriéramos tantos peligros. Pasamos por una zona de dunas, con pinares, algunos de ellos secos y comidos por las propias dunas. Tobías se guardó todos los piñones de las piñas que encontraba a su paso. Nos encontramos por unos árboles cuyo fruto daba un zumo muy verdoso. Sí, ya lo recuerdo el acebuche, el olivo silvestre. ¡vivan nuestros aceites! Más adentro con los famosas encinas y los alcornoques. Algunos de ellos parecía que temblaban de frío, tenían el tronco desnudo, como si le hubieran quitado corcho. ¡”Morao” de bellotas que se puso Tobías!. A lo que añadió. Esto me dará mucha energía para poder escapara de los grandes peligros que se nos avecinan.

Repentinamente, Tobías se paró. Noté como le latía el corazón. Se puso de pie sobre sus patas traseras. Y moviendo sus grandes orejas, se percató del inminente peligro. A correr que viene un lince. Nos escondimos en un agujero en la roca más próxima. Lo tapamos con hojas y ramitas, por las que podíamos ver y no ser vistos. Era impresionante, el cuerpo lleno de manchas, negras y color canela, los ojos verdosos, la mirada penetrante. Me recordó al Diós Liceo que era capaz de ver a través de todos los cuerpos. Casi no hacía ruido al caminar. Su cara me recordó al búho Real. Qué penachos de pelos en sus cuatro picos de su cuadrada cara. A veces era imposible verlo, o sentirlo. El frío se apoderó de mí, y… ¡aaaahhh!…nuevamente sentí en mi espalda un gran crujido.

El lince, pasó de largo, finalmente se alejó. Tobías y yo, nos escapamos de la zona con grandes saltos. Es cierto que es el conejo que más salta. Ya habíamos estado saltando más de 15 minutos cuando en las alturas, lo vimos. El halcón peregrino atacando a las elegantes palomas. Cayendo en picado sobre ellas a una gran velocidad, casi 400 km por hora. Parecían flechas cortando el cielo con sus garras bien afiladas. Un poco más arriba, imponente y misteriosa. El gran águila real. A Tobías le entró, un gran pánico y corrió y saltó como nunca antes había corrido y saltado. Pero el águila nos siguió. Por fin llegamos a lo que Tobías llamaba “su aldea”. Unos diez salidas, como pequeñas cuevas, había en aquella pequeña montaña, rodeada de plantas. Casi no se veían. Miró al cielo. Ahora había dos águilas con sus alas bien desplegadas, volando en grandes círculos. Tobías se apoyó en sus patas delanteras, y con las traseras golpeó en el suelo, hasta cinco golpes asestó. Todo parecía moverse justo debajo de él, como si muchos habitantes se pusieran a bailar a la vez. Las águilas bajaron estrepitosamente por el cielo hasta nosotros. Justo en ese momento entramos en la aldea, de un potente salto. Miles de cuevas, calles y cruces entre ellas. Entonces comprendí por qué Tobías lo llamaba “su aldea”. Allí todo el mundo lo conocía. Toda la familia y amigos de Tobías estaban allí, yendo de un lado para otro, como locos, para buscar el lugar más seguro. Todos se escondieron en lo más profundo de la guarida. Una vez descansados y seguros, Tobías sacó todos los piñones que había cogido y se los dio a su mujer y a sus hijitos los conejitos.

Ya se notaba que la noche se estaba acercando y la humedad se hacía más notable. ¡Craaaaaack! El dolor de la espalda se hizo insoportable me empecé a marear, a notar ganas de vomitar. Tobías tomando muchas precauciones me sacó al exterior para que me diera el aire y que se me pasara el malestar. Me recostó cerca de unas matas, en el más cómodo de los sitios y resguardado del frío y el viento. Otto, no te preocupes, te pondrás bien, mañana cuando aparezcan los primeros rayos de sol vendré a buscarte y daremos un paseo. Pero es mejor que pases la noche aquí ya que en la madriguera no estarás seguro ya que mi familia puede comerte, hay veces que no puedo controlarlos.

La noche fue una pesadilla para Otto, sin poder pegar ojo, dando vueltas sin parar. El dolor no desapareció, cada vez era más insoportable. Al día siguiente, con los primeros rayos de sol, el dolor desapareció. Un brote verde, surgió de la espalda de Otto y se hizo cada vez mayor. Al acercarse Tobías, para ver como estaba, sonrío y se alegró mucho. Su semilla preferida había crecido. Alfalfa le puso. Lo llevo más adentro del monte donde los rayos de sol y el agua harían de él un bonito arbusto. Y lo plantó, bien plantado.

Y colorín, colorado este cuento se ha acabado.

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