LA CIUDAD Y LA NATURALEZA

En el recién estrenado siglo XXI el 80% de la población mundial se encuentra acorralada en centros urbanos que denominamos ciudades. Todo empezó allá por el Neolítico, periodo en el cual se estaba forjando las características del ser humano tal y como lo conocemos hoy día es decir: mamíferos sociales, con una importante capacidad instrumental, de dieta omnívora y con un elevadísimo gasto metabólico. Desde entonces cualquier asentamiento mayor se conoce como ciudad definida en mayor o menor medida por unas complejas redes de intercambio y suministro que han derivado en la tan conocida y criticada ley de la oferta y la demanda. Así pues para mantener tan alto gasto metabólico los seres humano pasaron de ser nómada a ser sedentarios, por la que los primeros asentamientos aparecieron en zonas donde se concentraban los flujos y las reservas de recursos que posibilitó, gracias al desarrollo de la técnica, aumentar la fertilidad natural de los suelos y la domesticación de las bestias.

Estos primeros asentamientos dieron lugar a las primeras ciudades que fueron creciendo en extensión y en complejidad social movidas por el motor eminentemente humano. Esta situación generó ventajas económicas de escala y aglomeración que permitió una mayor especialización económica y la provisión de servicios especializados y bienes más elaborados a las aldeas y comarcas vecinas, esto a su vez obligó a desarrollar mayores y mejores técnicas, aparato logístico que en un proceso de retroalimentación provocó mayores asentamientos y más organizados. La población se metió en un proceso de transformación continua del medio urbano y no urbano y se fue alejando poco a poco pero incansablemente de su realidad natural. Es decir ha domesticado el medio natural para convertirlo en un medio artificial, el cual se sigue modificando según las necesidades inmediatas que van surgiendo, para canalizar y modificar de la forma más “eficaz” los flujos energéticos y los ciclos de la materia, convirtiéndonos en una especie de una plasticidad, elasticidad genética y una eficacia biológica jamás conocida en la historia evolutiva del planeta tierra haciendo de la urbe su nicho ecológico.

Estas concentraciones se sustentan en la elevada renta del suelo que permite pagar por la construcción, operación y mantenimiento de redes de suministro de materiales y energía, así como la infraestructura especializada para los distintos servicios. De este modo, una creciente especialización del uso del suelo va estrechamente ligada al aumento de la renta y el valor por hectárea. Si no hay una densidad y rentabilidad suficiente no es posible una ademada atención de las necesidades básica ni de la provisión de servicios más especializados que hacen interesante y productiva la vida humana.

Así la sociedad se ha ido alejando de la naturaleza hasta el punto que casi hemos perdido nuestra propia identidad natural de tal forma que no sabemos con certeza que lugar debe ocupar la Naturaleza en nuestro entorno ni el lugar que debemos ocupar nosotros dentro de la propia naturaleza.

Ahora los ciudadanos se están planteando la inclusión de la naturaleza de forma notable y consistente dentro de su entorno. Esta postura ya se inició en occidente en el siglo XVIII como producto de la ilustración, cuyas propuestas naturalistas en varios campos llevaron a plantear la conveniencia de reducir barreras y diferencias entre campo y ciudad. Por otra parte los, avances tecnológicos militares redujeron la importancia de los recintos amurallados, posibilitando que las ciudades adquirieran una definición espacial más laxa. Al mismo tiempo el Despotismo Ilustrado (representado en España por Carlos III) favoreció la construcción de grandes avenidas, paseos y jardines públicos. Desde entonces, el verde urbano constituye un tema necesario y central en la gestión urbana para recuperar aunque sea de forma simbólica que nuestro medio originario.

Se intenta que las ciudades no se conviertan en una vasta brecha regional en los procesos ecológicos acarreando varios desequilibrios a gran escala. Que causa, por un lado una drástica reducción de la calidad ambiental para densas poblaciones en áreas urbanas y su zona de influencias y por otro, genera un patología urbana bien conocida como es la aparición de fuertes desequilibrios espaciales en la oferta ambiental, que se manifiestan en la acumulación de cinturones de suelo urbano degradado, en los que se localiza la población y actividades marginales, a poca distancia de áreas de mayor oferta ambiental que son captados por grupos cerrados de privilegio. Así pues se intenta hacer un esfuerzo encaminado a incrementar la cantidad y variedad de plantas y animales que puedan coexistir con el hombre en la ciudad que permiten no solo enriquecer sensorialmente la ciudad sino también podemos usarlos de bioindicadores que nos permiten reconocer la calidad ambiental de nuestro entorno diario.

Pero para ello debemos tener una necesidad colectiva y sentida de que acercar la naturaleza es necesario, sólo así el sistema surtirá la demanda, la experiencia así lo demuestra. Necesitamos que se de esta situación, necesitamos perder la sensación de que somos una especie que vamos al supermercado para saciar nuestro impulso cazador-recolector, que se queda absorta cuando escucha el rubor del agua, del viento o bien el cantar de un ruiseñor en un CD. ¡Si señores esto es necesario!, ya no importa si realmente queremos salvar la naturaleza para que las generaciones venideras disfruten de lo que ésta estuvo a punto de liquidar o bien queremos salvar el sino de nuestra civilización, lo cual se convierte en un debate lleno de hipocresía, lo que realmente importa es que se haga. Cuando una persona pierde el norte, yo suelo decir que en vez de seguir buscando atajos para recuperarlo, lo más factible es volver al sur, volver al lugar de donde viene, sólo así será posible encontrarse con uno mismo. Pues bien nuestra sociedad que claramente ha perdido el norte y por tanto necesita de eso, necesita volver a sus orígenes que no es otro que encontrarse con la naturaleza, para ello debemos insertarla en nuestro entorno urbano; con ello conseguiremos ciudades más respirables, mas habitables en definitiva más ecológicas. Pero esta situación no la conseguiremos si entregamos toda la responsabilidad a la clase política, dicha responsabilidad la debemos tener todos, para así presentar una clara participación ciudadana. Esto no sólo se cumple con ir a votar en los comicios municipales, que por otra parte en los últimos la participación ha sido escasamente superior al 50 % sino de tener una participación real e incombustible. En fin esperemos que con un poco se logre dicha empresa ¡por una Sevilla verde y ecológica!

 Miguel Mejías Segura

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