Cuento: “El abuelo que no sabía contar un solo cuento” Dedicado a Luis.

-¡Abuelo! -Llamó aquella preciosa niña a su abuelo como si fuera la última vez que pudiera llamarlo. -Eran aproximadamente las ocho de una invernal y fría tarde de la selva de un pueblo de un país del norte.

 -Dime Ansi. -Respondió con la voz humeante del vaho que producía la respiración al contacto con el aire frío y húmedo del interior del hogar.

 -¡Abueeelo! ¡Cuééééntame un cueeento! -Imperó aquella niña de 5 años llamada Ansi. Y lo hizo alargando las vocales, para resultar impertinente y pesada y de esta forma provocar el logro de su objetivo. Ansi tenía la cabeza un tanto redonda, y se rellenaba de cachetes rojizos llenos de pecas. Su nariz chatita estaba acompañada por dos ojitos almendrados y achinados. Su cabeza se situaba entre unos hombros estrechos. Su cabello era liso y de color castaño y tenía una sonrisa que se escapaba de la cara. Ansi tenía un corazón enorme y un talento especial, muy especial. Ella tenía la capacidad de escuchar con ansiedad por seguir escuchando.

 El abuelo se sentó a su lado y le dijo lo de siempre. –Ansi cariño. Te he dicho una y mil veces, que yo no sé contar cuentos. – ¡Pero abueeeloooo por favoor!- Insistió Ansi, alargando de nuevo las vocales, para que el abuelo pudiera escuchar mejor su petición.

 -De acueeerdo. – Respondió el abuelo. -No te voy a contar un cuento, porque sabes que no sé, pero si te voy a contar un secreto. Algo que viví hace tiempo, cuando era pequeño y que nunca he contado a nadie. Esto que te voy a contar no me lo ha contado nadie, ni es una leyenda ni nada parecido. Es algo que viví realmente.

 -Cuéntaaa, cuéntaaaa- dijo Ansi con insistencia e intensidad.

 -Era yo…tenía casi tu edad. Unos 5 años. Por aquel entonces casi nadie iba a la escuela. Yo ni siquiera sabía leer. El caso es que un día iba paseando con mi madre por el bosque. Me despisté siguiendo en el cielo el vuelo de un pájaro que tenía la cola abierta y terminaba en dos puntas. Era la cola típica de un milano.  Al seguirlo me adentré en el bosque cada vez más cerrado. Estaba lleno de pinos altísimos cuyas hojas eran como agujas. Y como todos los pinos estaban tan cerca unos de otros y todos eran iguales y tan grandes…me perdí. Cada segundo, parecían minutos y cada minuto parecían horas…Empezó a hacer frío y busqué refugio después de comprobar cómo mis gritos de auxilio intentando que mi madre me escuchara eran ahogados por el bosque.

 Encontré una luz cálida y amarillenta que salía de la base de un árbol enorme. La luz salía por la abertura que dejaba una puerta de madera vieja entreabierta y que tenía un pomo con forma de dragón, o eso me pareció a mí. Me acerqué y comprobé que la puerta daba paso a una entrada acogedora por su temperatura pero que me daba miedo por no saber qué había más allá. Me decidí a entrar porque pensé que fuera corría más peligros que dentro. De alguna forma confié en lo que podía encontrar allí dentro.

 -Sigue sigue….-dijo Ansi cada vez más ansiosa.

 -El abuelo continuó. –Entré y sentí que en ese sitio no me podía pasar nada malo. Fui poco a poco andando hacia el fondo y lo que iba descubriendo era cada vez más impresionante. Encontré con seres increíbles que nunca había visto antes. Imagínate: Plantas con hojas de diferentes colores y redondas enormes, que se cerraban nada más rozarlas. Especies de setas violetas que giraban tan rápido que eran capaces de formar un remolino de viento que te hacía trasladar de una forma rápida pero delicada a otro lugar en el que habían insectos voladores cuyas alas giraban en sentido contrario a las agujas de un reloj y que desprendían un color rojizo que al cerrar los ojos se podía seguir viendo. Había animales que se parecían a los lobos que juntos, en manada,  recorrían aquel lugar para vigilar y controlar que no pasara nada malo. Encontré una especie de ciervos de poderosísimos saltos. Pero éstos animalillos, plantas y setas de aquel bosque que no era un bosque no eran, ni plantas, ni setas, ni lobos ni ciervos. Ansi, sus pieles estaban cubiertas de rayas de vistosos y múltiples colores, que brillaban intensamente en la oscuridad. Pero sobre todo, Ansi; en aquel mundo nuevo que descubrí aquél día que en realidad parecieron meses, me llamó la atención aquella cosa, aquel ser, aquel mágico ser que vi, toqué y en el que volé.

 -¿Abuelo? ¿qué quieres decir cuando dices  que volaste?. ¿Qué o quién era eso? ¡Dimeee!

 -Verás Ansi, te cuento. Eran unos seres que se parecían a dragones pero que no eran dragones. Eran iguales al pomo de la puerta vieja de madera de la entrada. Tenían cabeza de dragón, con ojos típico de los dragones. Tenían la piel llena de escamas duras como los dragones. Tenían cola terminada en una fina punta en forma de lanza como los dragones. Tenían en la espalda una cresta con puntas en forma de rombos como los dragones. Tenían alas como los dragones. Y volaban aleteando y removiendo tal cantidad de aire que casi te podían desplazar de tu sitio y te podían dejar sordo, igual que los dragones. Ahh se me olvidaba… echaban por la boca algo que a veces daba calor y a veces daba frío como los dragones.

 -¿Entonces abuelo? Entonces… ¿viste dragones? ¿Ehh cuentaaa…viste dragones? ¿Existen los dragones de verdad? ¡Cuentaaaaa!

 -No. Ansi, no! Como te he dicho se parecían a dragones pero que no eran dragones.  En la cabeza tenían ojos con forma de rosquillos de vino navideños. Las escamas eran de millones de colores que dibujaban niños jugando. La punta de la cola era como la punta de una pluma para escribir. La cresta estaba formada por puntas de lápices de colores.  Las alas…las alas estaban formadas por millones de folios enormes, eran como un enorme libro abierto por la mitad. Y por la boca…por la boca echaban palabras. Muchas palabras. Palabras y más palabras, palabras que al leerlas podían dar calor o frío.

 -Es en ese sitio y en ese momento, es donde y cuando, aprendí a leer Ansi-.

 -¿Qué palabra leíste primero Abuelo?

 -Respeto. -Respondió con seguridad el Abuelo. -Y después de reflexionar un poco sobre lo que significaba el respeto y darme cuenta que debía respetar aquel bello lugar, con sus fantásticas plantas y animales, que no eran ni plantas ni animales, dejándolo todo tal y como estaba. Después de aprender que era yo el que tenía más cosas que aprender de aquel sitio que ese sitio de mí. Cogí esa palabra y la metí en mi mochila. Y calor sentí. Sentí un calor muy agradable.img219

 -Ansi interrumpió a su abuelo.- Abuelo tengo más preguntas. -¿De  qué se alimentaban estos dragones?  Y…¿Dónde dormían esos Dragones no Dragones? Y…. ¿a qué olía ese lugar tan magnífico del árbol que te encontraste? -Preguntó con la ansiedad pertinente de una niña que quiere una respuesta inmediata.

 -¡Qué lista eres Ansi! Yo me hice esas mismas preguntas también. Así que los seguí y seguí para averiguarlo. Se alimentaban de las palabras que los otros dragones echaban por la boca. -Respondió el abuelo sin elevar los ojos hacia arriba buscando la mejor de las respuestas. – Por la noche se dirigían a un árbol enorme. Un árbol que brillaba en la oscuridad como si fuera de cristal transparente y algo azulado. Era un árbol de tronco firme y de ramas y hojas que al contacto con el viento parecía que bailaran un vals. Cada dragón se unía por la cola con forma de pluma para escribir a una de las ramas. Imagínate miles de ramas y miles de dragones unidos. Era como un coro de bailarines luminosos en el que los dragones entraban en una especie de sueño. Allí es donde se suponía que iban para descansar. Pero lo que hacían era intercambiar las palabras que no habían echado durante el día y ese árbol escribía miles y miles de libros que salían de la base del tronco, como si fuera una máquina de chicles.

 Yo que por fin había aprendido a leer, cogí uno. Pero uno de los dragones, el más grande de ellos, se dio cuenta y se despertó. Y echándome palabras por la boca, me dijo que no me podía ir sin pagar nada a cambio. Que lo que me llevaba era algo muy valioso y que costaba mucho esfuerzo hacerlo. Entonces yo le prometí que algún día enseñaría a leer a muchos niños como pago por el tesoro que me estaba llevando. El Dragón, conforme con mi promesa, me montó en su lomo lleno de punta de lápices de colores y volando muy alto me llevó a mi casa de vuelta un día antes a que yo me perdiera. Entré como si no hubiera pasado nada, pero con mi nuevo tesoro, mi nuevo libro, en la mochila. Mi madre tan feliz y contenta como siempre me recibió con un beso y un bocadillo de queso en loncha y mortadela.

 -Abuelo…abuelo… ¿De qué iba ese libro? ¡Ah! y todavía no me has respondido a la pregunta… ¿a qué olía ese lugar tan misterioso? -El abuelo respondió cerrando los ojos para volver a oler ese recuerdo. -Ansi, ese lugar olía como la biblioteca de la ciudad.

 -Abuelo, abuelo…¿a qué huele la biblioteca de la ciudad?… -Esa es una gran pregunta. -Mañana te llevaré a la biblioteca para que puedas olerla y te enseñaré a leer como le prometí a aquel Dragón no Dragón, para que tú puedas leer el cuento que me llevé de aquel singular lugar. Pero ya te digo, el cuento va sobre una gota de agua que habla y que viaja por el mundo.

 -Pero abuelo yo he escuchado que no puedo aprender a leer porque que yo tengo un sin…

 -El abuelo la interrumpió delicadamente- Tú, Ansi, lo que tú tienes es la capacidad de escuchar con atención y para aprender no se necesita nada más. Y a leer te enseño yo como he hecho con muchos niños y niñas como tú desde que se lo prometí a aquel Dragón. A los demás les deseo que encuentren algún día un árbol y que aprendan a leer para entender el significado de la palabra respeto como yo en su día aprendí.

 -Tengo sueño. – Dijo bostezando el abuelo. Y mientras le decía a Ansi, de nuevo, que al día siguiente le enseñaría a leer y que la llevaría a la biblioteca de la ciudad para que oliese los libro y leyese el cuento de la gota de agua que habla, el abuelo se durmió.

 Y colorín colorado este cuento que no era un cuento contado se ha terminado.

Miguel Mejías Segura

 

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