A mí balcón

El día pasó como pasan todos los días. A la velocidad que vuela la imaginación de un niño. ¡Cuántos milisegundos de felicidad caben en esos fugaces viajes! ¿Qué se puede hacer un día como el ayer, hoy o el de mañana para que se eleve a la categoría de sublime. Pues al Jardín del Edén me fui y el Jardín del Edén me traje.

¡Qué belleza nos ofrece la Naturaleza! Es mágica. Nos devuelve al mundo real, que no es otro que el de las cosas importantes. Nos conecta con la tierra. Y si cerramos los ojos en ese verde mundo, sentimos a los nuestros, a las personas que amamos y a las personas que no vemos. Pero sobre todo a la persona más importante de nuestras vidas. Nos sentimos y nos conectamos con nosotros mismos dentro de ese cósmico universo de árboles, arbustos, hierbas, flores, y olores. Nosotros dentro de nuestro entorno que es tan grande como el universo y que así mismo insignificante nos hace. Y dar la importancia a tanta insignificancia es algo que deberíamos hacer cada día. Un gran ejercicio para el alma. Me lo contó Anja, y me lo repitieron con otros susurros los arces, que me dijeron que pronto nos refrescarán el verano con sus sombras. El sano Platanero de Sombra que hará lo propio con su perfil proyectado por el sol. Los Saúcos me murmuraron, que «de mis flores pronto tendrás tu sirope».  Los espinos me revelaron su complicado nombre alemán (Eingriffeliger Weißhorn), y que de nuestro sistema circulatorio se encargarían. El castaño de las indias que con las saponinas de sus frutos nuestras ropas lavarían. Los Tilos me dijeron que pronto me podrán mandar con Morfeo. El Gran Roble que ya mismo se hará Hermano Mayor de la hermandad de “El Valle”. La Hiedra Terrestre y sus florecillas violetas me contaron que la belleza está dónde menos te lo espera. Los Rosales silvestres que ya casi huelen, los narcisos que el año que viene vuelven. Los Álamos que se están yendo y con ellos mis alergias. Los Avellanos que como en casi un embarazo, en 8 meses tendremos chocolate con avellanas. Los Falsos Cerezos que su mejor expresión vendrá la próxima primavera.  Y las demás planta… que me queda mucho por saber, descubrir y conocer.

Llegué a casa y me traje el Edén a mis jardineras. Bellezas de mi nuevo balcón. Y sus nuevos colores, nuevos nombres, nuevos olores me trajeron a los míos, a mí. El tiempo que he pasado, eligiendo, viendo, tocando, midiendo, y comprando para mí ilusión queda. El tiempo que desde ayer he invertido en observarlas para mi alma queda. Ya forman parte de mi familia. Tengo a mi padre por Tomillo, a mi madre por un rojo Geranio, a mi hermana por una amarilla Petunia, a mi abuela por una olorosa Lavanda, a Sandrita por Labelia, a Luis por casi Jazmín, a Irina por blanca Margarita, a Paco por robusta Hiedra, y a los de mi padre en un fastuoso Romero y a los de mi madre en una gran Albahaca y a mis amigos y amigas en cada una de sus semillas. ¿Y yo? Esta vez no me olvidé de mí. Yo una Menta fresca. Ahora sólo queda cuidarlas y regarlas. A los míos. A mí.

Gracias balcón

Miguel Mejías Segura

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