Para el intolerante

¿Se te descompuso por completo el alma,
o ya saliste así, entre podrido y corrompido,
de los sótanos de un vientre cualquiera?
A ti nunca te leyeron una fábula hasta el final,
y lo llevas dentro, y se te llenó el alma de cieno.

¿No ves en tu cristalino, ese polvo gris? Es ceniza,
la ignominia de tu putrefacta infancia.
Llegaste insomne, cubierto de monedas.
Carente de luz, sepultado de arrogancia altanera.
Saliste de aquel coche como Zeus,
destapando el machismo de un pueblo que lo calla.
Nos quisiste hacer insignificantes,
escamas de lagartos muertos,
peste bubónica extranjera.

Quisiste enterrar nuestro día,
con palabras llenas de ignorancia,
culpándonos por nuestra procedencia,
de que tus tres minutos nunca tienen espera.
Yo me acordé del patio de mi abuela,
andaluz, verde y copado de azucenas.
Y se me abrió un nuevo canto, una nueva aurora,
que te recordó que tus números pares e impares
no son más que el resultado de una resta mediocre,
que te aísla con otro muro de la vergüenza.

Nadie está a salvo de sus enseñanzas,
y tú no ibas a ser menos…
carapapa.

Miguel Mejías Segura.

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