Esperanza

Le pusieron marcos de cadenas.
Le extirparon los tumores
sin dejar sanar las cicatrices
que tornaron a gangrena.
Le versaron maliciosas maldades encontradas,
le acusaron de odio odiándola.
Le sirvieron un té de cicuta
con pastitas de almendras amargas.
Se le obligó a tragar aceite de ricino
que le hizo excretar hasta el silencio.
Le despojaron de sus despojos.
Fue clavada en un madero,
para dar un oficioso servicio
a las risas de la ignorancia.
A su agonía se le prendió fuego y ni los
troncos crujían al ocaso del día.
Se le cantó su réquiem
sin sus voces sinfónicas.
Ella no pudo ni decir adiós,
ocultada por las columnas
de oscuras de cenizas.
El ininteligible murmullo asistente
se marchó hacia los sótanos babilónicos del ego.
Cada uno al suyo.

A los tres días, una niña, la encontró
casi calcinada, con los ojos entreabiertos,
y la boca buscando el aire
con los brazos apuntando al cielo,
y en cada mano el mismo texto.

Esperanza trepó y tomó un pergamino:

“La poesía nace para ofrecer armadura y
cobijo contra el ruido, y sosiego contra
el miedo.
La poesía es verbo que suena
a nota musical entrelazada
en un infinigrama por jilgueros.
La poesía da alzas al
al sustantivo que no crece.
La poesía nace en un alma,
como una pequeña lasca luminiscente,
y que en otras se acuna,
crece y se propaga eternamente.
La poesía eres tú,
una Esperanza.

Tómala como un regalo.

Firmado con amor: La libertad de Expresión.»

Miguel Mejías Segura

 

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