La Isla de la Navidad

Eran dos mundos diferentes que daban vueltas sin parar. Ninguno sabía del otro. Simplemente se movían cada uno en sus cadencias orbitales.  Danzaban entre sus errores relativos y absolutos. Como si perteneciesen a una coreografía macrocósmica predefinida que les hiciera ir a un punto común. Allí, suspendidos por los equilibrios generados por sus propias fuerzas, formaban parte de un todo inmenso sin saberlo. La edad, no importa. El sexo menos. ¿El nombre? ¡qué más da! Lo importante fue el choque. Un choque suave del que se desprendió luz. Luz blanca que se expandió y proporcionó guía.

Cada año recordaban aquel encuentro. Tocaron el interruptor. Y la luz apereció casi por tradición.

-¿Te acuerdas? Allí nos encontramos, en aquella isla. La Isla de la Navidad.

Miguel Mejías Segura.

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