Paca: se te quiere mucho

En un lugar de Andalucía de cuyo nombre no me podré olvidar; después de una más que esperada despedida del sol en un día cualquiera del duro verano, otro más; se abrían las puertas de un hermoso teatro. Allí y en ese preciso instante en el que el azul cobalto de la cripta celestial se tornaba muy oscuro, empezaban a aparecer seres que me parecían sacado de un capítulo de los dibujos animados dragones y mazmorras. Lagartijas hambrientas de mosquitos, lechuzas silenciosas buscando roedores en los graneros cercanos, los grillos relevando a las chicharras y las fachadas y el asfaltado exhalando el calor acumulado durante el día como si de un perro fatigado se tratase.

Yo, más que imberbe, escuchaba unas palabras mágicas. – ¿Salimos al portón? Y ese cerrojo emitía un sonido indicando con soberanía que aquel teatro mágico de verano abría una noche más sus puertas al público y encima gratis. Pura democracia. El vecindario, espectadores, actrices y actores, todavía jóvenes entraban al teatro con ganas y poco a poco colocando sus sillas en primera línea de aquel escenario. Una red social bien entretejida a través el paso de los años, a través de la cercanía que genera algunos años de escasez y a pesar de todo, a través de lo mucho que había por compartir. Se abrían los abanicos, algunos estampados, algunos negros, otros un simple trozo de cartón, que con sus movimientos desacompasados intentaban la heroica función de convertir ese aire pesado y cálido en un viento gélido. A los abanicos les acompañaban los primeros diálogos sin apuntador que se prestase. – ¡Qué calor niña! -Sí hija, sí. Este año es horroroso. -Y qué solanera.  Desde luego son días de ardoria fresquita y de estar metida en casa. Mientras, yo, le daba vueltas a la cabeza. – ¿Si esa mujer es una niña, entonces, qué soy yo…?

Ahí empezaba una serie de conversaciones en las que los nombres de cada uno de los asistentes al teatro iban saltando uno tras otro. Mientras yo hacía el esfuerzo, en balde, de aprenderme los nombres de pila de cada uno de ellos. Evidentemente sin ningún resultado positivo, porque me resultaba más gratificante asociar aquellas personas con sus motes; algunos de ellos relacionados con animales que frecuentan con gusto las charcas veraniegas.

El flujo de información se iba disparando a mayor velocidad desde una fila a otra de aquel teatro conforme la duración de las campanadas del reloj de cuerda colgado en la pared del camerino, se iba alargando más y más. La intensidad de los comentarios iba igualmente en aumento. Quedaba demostrado con los entrecejos cerrados de los escuchantes, la negación dramática con giros muy lentos de la unión entre la cabeza y el cuello, y unos vocablos que resonaban por todos los rincones de aquel teatro… ois, ois, ois…ossu, ossu, ossu…. Tres veces. Tres veces un mismo vocablo para dar el aviso de una incredulidad hiperbólica. Una vez repasada la lección del día anterior para refrescar la memoria se daba repaso a las noticias del país. El parte. –Mira niña lo que pone aquí… -Esta lo tiene que tener de oro, porque otra cosa no tiene. -Si es que no vale ná, no sé que le verá.

A la postre y con los años me he preguntado muchas veces, dónde estaría el oro de Moscú. Y mira por donde que me he pasado más de una vida buscándolo y me lo encontré en Alemania. Pero esto es otra historia que os la contaré en otro momento.

Suena el teléfono. –niño ve y cógelo.  De repente la proyección que tenía en mi cabeza de un lingote de oro y un gran joyero, de otra vecindad (grande tú), que lo convertía en un magnífico colgante desapareció como una pequeña explosión sorda y como recién despertado, me levanté, me fui al camerino para coger el teléfono. –Sí, sí…sí, muy bien, se lo digo-

-Era la Paca. Dice que si queréis ir que vayamos. Tienen chocolate, caramelos y cigarrillos- Mi santa abuela me comunica con los ojos…hoy nos dan las tantas, porque tu madre no calla ni debajo de agua dándole a la sin hueso-. Yo pensaba…toda esa información con una sola mirada. Si mi abuela hablara levantaría montañas. Nunca he visto tanta fuerza en una sola persona. Ni siquiera Goku. Pero mi abuela es de las que habla lo justo y necesario. No le hace falta más.

Después de cumplir con una última comanda. -Niño saca la basura que después se nos olvida- Nos levantamos e íbamos calle abajo, despidiéndonos de los demás asistentes a la función y pidiendo perdón por pisarlos. Nos dirigíamos a las puertas abiertas de un anfiteatro. Ya pasada la media noche y girando la última curva se veían las señales de humo que indicaban la bienvenida y un… – ¡Niña!, ¿cuánto tiempo habéis tardado? -Ay que ver la calor que ha hecho hoy… ¿y la solanera? -Era volar…ossu, ossu, ossu.-

Yo las observaba y me parecían como embarcaciones SUPREMAS, ya preparadas, para descubrir nuevos mundos. La Nao Victoria, Santa María, La niña y la Pinta. Representaciones de mi Abuela, la Paca, Chari, y mi Madre. Yo a su lado era, no más, que un tronco de madera apenas flotante.

Allí, en nuestro anfiteatro particular, se desataban los diálogos y monólogos como si se abriera la puerta de una jaula llena de miles de golondrinas. Todavía recuerdo una de esas conversaciones. El tema era Sor Ángela de la Cruz y la labor tan encomiable de las Hermanitas de la Cruz. Habla mi abuela: – A mí se me ponen los vellos de punta cada vez que la visito. Allí tan quietecita, tan bien cuidada, de Cuerpo Incorrupto-

A mí no se me ocurre otra cosa que decir, con la inocencia del que piensa, voy a sentar cátedra con una verdad científica aplastante: – Claro, si es que está envasada al vacío –

No había casi ni terminado la frase cuando las risas reverberaron por todo el anfiteatro. Casi vi moverse la lámpara del patíbulo representada en la Osa Mayor que nos intentaba guiar en el tránsito nocturno.

¡Ay Paca, Paquita, Paca!, tan pequñita tú, tan grande tú. Siempre cuidando de mi abuela, de los tuyos. Siempre siguiendo con atención los pasos de mi hermana y de este soñador que un día te hizo reír sin remedio en las butacas de aquel tú anfiteatro, donde cada gesto era la mejor puesta en escena que nunca he visto. La de la vida misma. Hermosa y dura sin paliativos.

Él, te estaba esperando, ya desde hace un tiempo, allí. En la puerta de otro teatro. No podía esperar más. Brazos abiertos, bien plantado, guapo como el más guapo de los actores. En una mano un manojo de espárragos, en la otra un puro, en el hombro un canario cantando la bagatela para Elisa, y en la boca una frase que se le cae del labio, por su gran peso. -Ojú, …¿Porqué has tardado tanto?

Y es que, Paca, si algo aprendí de los teatros, es que muchas cosas son relativas y depende las perspectivas con que se miren. Para unos te fuiste muy pronto, para otro tardaste demasiado tiempo.

Paca, Paquita, Paca. La gran Paca. Se te quiere y mucho.

A mis supremas. Un fuerte abrazo. Y no lo olvidéis nunca:

La vida…la vida es puro teatro. Hay que seguir disfrutándolo.

Para vosotras mi mejor abrazo de hoy.

De un soñador

Miguel Mejias Segura.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s